Con el tiempo se nos suelen olvidar las cosas agradables de la vida, y es porque de hecho se nos olvida tomarnos un momento para nosotros mismos y descansar de todas las tareas con que nos ocupamos diariamente y poder parar en la vida, cerrar los ojos y disfrutar. Ayer me tomé un momento para descansar y estando por fuera de mi casa, era de noche, cerré los ojos y me permití a mí misma volver a sentir lo agradable de una noche en la capital, el viento en mi rostro, causando ondas en mi cabello, y no era por lo fuerte del viento que mi rostro empezó a generar un movimiento extraño y no previsto parecido a una sonrisa. Después simplemente abrí los ojos y miré hacia arriba, un montón de puntitos blancos de diferentes tamaños que a veces parecían cambiar de colores me miraban como sonriendo de que por fin alguien se hubiera detenido para tomarse el tiempo y mirarlas, son vanidosas, muy vanidosas, si me preguntan. Y claro, no puedo dejar atrás su maravillosa y grande compañera, aquella que ha sido pisada por los osados astronautas, con ese manto blanco que la recubre y que a veces, tal vez por pena, prefiere no mostrarse toda, como anoche. Sólo mostró una pequeña pero magnífica parte de sí y eso fue más que suficiente para quienes la estábamos mirando.
Creo que se invirtieron los papeles y ya no eran los astros quienes sonreían de agradecimiento por estarlos mirando, sino nosotros los humanos por haber tenido la oportunidad de poder mirarlos a ellos.
Gracias.
1 comentario:
Yo no recuerdo la última vez que miré las estrellas... ¡pero me las imagino!.
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